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Una introducción a la Cosmovisión Cristiana y Arte [parte 3]

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NOTA DEL EDITOR: El presente texto fue escrito en el 2009 por el pastor Jonathan Muñoz (perteneciente a la IPCH) para ser expuesta en formato charla. Publicado en formato texto, dividido por partes, en Cantemos El Evangelio (2019) con su debida autorización.


Antes de esta lectura, te recomendamos leer PARTE 1 (haz click aquí)
Antes de esta lectura, te recomendamos leer PARTE 2 (haz click aquí)

LA CAÍDA Y EL ARTE

Es claro que las esferas fueron creadas con el propósito de manifestarse y diferenciarse de manera más clara a medida que el orden creado progresara y la raza humana se multiplicara, ya que así se iban a empezar a manifestar los dones artísticos y se iban a empezar a necesitar gobiernos, comercio, etc. Sabemos, sin embargo, que por la soberanía de Dios este progreso de la creación y multiplicación de la humanidad sobre la tierra no se dio de forma inocente (esto es: sin pecado), sino que en un punto entró el pecado a la historia del desarrollo del orden creado y este punto histórico, en el tiempo y en el espacio fue la caída.

La caída es el concepto por el cual entendemos que la vida humana en el mundo, así como todas las esferas que forman parte de ella, no son malas por naturaleza, sino que están torcidas, manchadas y quebradas en muchos aspectos, pero son esferas creadas buenas originalmente y, por lo tanto, no son ni pueden ser jamás malas por sí mismas.

No debemos olvidar que cada esfera que Dios creó son aspectos de la vida humana, manifestaciones concretas del hecho de que el hombre es imagen y semejanza de Dios. Después de la caída, esa imagen y semejanza ciertamente se vio reducida, manchada, torcida, pero no eliminada, ya que aún después de la corrupción de la raza humana, Dios mismo sigue reconociendo que el hombre es su imagen y semejanza (Gn 9.6).

El ladrón no viene sino para hurtar, matar y destruir” dice Jesús en Juan 10.10. Esto implica, claramente, algo que cualquier dualista estaría dispuesto a afirmar: que Satanás está en oposición a la obra de Dios en el mundo y que hará de todo para opacar la gloria de Dios en la creación.

Sin embargo, esto también quiere decir que Satanás no tiene capacidad creativa, sino sólo la capacidad para hurtar matar y destruir aquello que hay de glorioso, bueno, hermoso y bello en la creación. Y eso no lo debemos pasar por alto. Aún cuando el pecado echó a perder y sigue echando a perder lo hermoso de la creación, la gloria de Dios puede verse, aunque sea de forma más opacada, en las esferas del quehacer humano. Nuevamente, el arte no es la excepción.

Por eso, incluso al dualista más radical le ocurre que cuando ve, oye o lee una pieza de arte hermosa creada por un impío sólo puede rechazarla y negarla a través de un buen esfuerzo… y puede incluso llegar a decir: “sí, es bonito, pero no es de Dios, así que es malo”. Pero esto es, desde la cosmovisión bíblica, un absurdo. Porque toda buena dádiva no puede venir de otro sino de Dios (Stg 1.17).

Ahora, debemos reconocer algo: muchas veces vemos hermosura, belleza y creatividad en obras que al mismo tiempo proclaman la mentira y la maldad. ¡Esta es la paradoja que la caída trajo consigo! ¡La caída separó lo que fue creado para estar unido! Y de hecho, fue así en todo ámbito de cosas: nuestra unión con Dios en primer lugar (Gn 3.810), la unión entre marido y mujer (Gn 3.1112), la unión entre hermanos (Gn 4.8), etc.

No nos debe extrañar, por lo tanto, ver que la caída haya afectado al arte en general y que esto se muestre de maneras tan tristes y desconcertantes en las obras que muchos impíos virtuosos producen. Vemos hermosura, vemos creatividad y vemos capacidades maravillosas en obras de arte que proclaman la muerte de Dios o que alaban la pecaminosidad humana y sabemos que Satanás no tiene la capacidad de dar dones ni de crear, por lo tanto reconocemos que esas capacidades Dios las dio a esos artistas. Pero sabemos, también, que Satanás, el ladrón, ha robado, echado a perder y destruido los dones hermosos que ellos poseen.

En otras palabras, concordamos hasta cierto punto con la postura dualista que la caída afectó terriblemente las manifestaciones artísticas de los impíos en general, pero no concordamos hasta el punto que no podamos explorarlas, conocerlas e, incluso, apreciarlas y valorarlas en aquellos aspectos que aún poseen y que son manifestación de la gloria y la imagen y semejanza de Dios. Como creyentes, rechazamos radicalmente la disposición de corazón con la cual el impío hace arte, pues su corazón es enemigo de Dios y vive conforme a las pasiones idólatras de este mundo caído y por eso no amamos sus cosmovisiones ni sus inclinaciones (1 Jn 2.1517), sin embargo, sabemos que aún así la gloria de Dios está – aunque torcida, manchada y opacada – en las expresiones artísticas de los incrédulos porque el pecado es poderoso y Satanás es un ladrón eficiente, pero nunca el pecado ni Satanás han tenido ni tendrán más poder que la Palabra de Dios (Sl 138.2; Is 40.8), y el Señor creó y sustenta todas las esferas del mundo por Su Palabra (Sl 33.46; Sl 147.1518).

Sin embargo, hay un aspecto de la caída que la postura dualista no ve con la debida profundidad y que generalmente no reconoce: que la caída ha afectado terriblemente también las expresiones artísticas de los creyentes. Muchos dualistas desprecian todo el arte incrédulo, llegando incluso a despreciar los dones que Dios dio a los artistas y que provienen de Él, pero junto con esto valoran y aprecian todo arte producido por cristianos como si este no tuviera aspectos horribles que son consecuencia de la caída. Estos dualistas no admiten ninguna crítica a un artista cristiano que ha hecho una canción de adoración, porque las canciones de adoración no son pasibles de críticas para ellos. Florecen las malas novelas, las malas películas y la mala música cristiana, pero los dualistas las han puesto en su mente en una categoría aparte, como si hubieran sido sopladas por el mismo Dios y para ellos son intocables. En este punto, los dualistas son inconsistentes pues no ven los efectos terribles de la caída sobre toda la humanidad. Son comunes hoy en día, por ejemplo, las alabanzas con letras pobres y repetitivas y con arreglos musicales que son verdaderos plagios (falta de creatividad en general) y aún así los dualistas defienden a muerte que esas canciones glorifican a Dios porque la calidad interpretativa es buena; pero la calidad interpretativa de los músicos y cantantes es sólo un aspecto de la música, pero ¿Qué pasa con la creatividad en los arreglos? ¿Qué pasa con la originalidad en la composición de melodías? ¿Qué pasa con la poesía en las letras? Recordemos que aunque la letra sea de alabanza a Cristo, si a la letra le falta profundidad y calidad poética, obviamente ya es una alabanza coja.

Así vemos que los efectos de la caída son terribles porque han afectado al arte en general, tanto de los incrédulos como de los creyentes. No hay dudas que el arte de los creyentes, en lo que respecta a su contenido al menos, muestra una mayor gloria de Dios. Eso no lo estamos negando. Sin embargo, también es verdad que en muchos otros aspectos que no son el contenido, el arte de los incrédulos no pocas veces muestra, incluso, una mayor gloria de Dios que las expresiones artísticas de cristianos consagrados.

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