Congregaciones sencillas producen alabanzas sencillas

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Siempre me ha llamado la atención como a lo largo del Nuevo Testamento se nos narran los primeros años de la Iglesia. Me cautiva la forma en que Pablo escribe sus cartas en apoyo y exhortación a las nacientes iglesias locales de Éfeso, Tesalónica, Corinto, entre otros, para enseñarles a guardar la fe en Jesús y conocer más a Dios. Me sorprende el nivel de organización que tuvieron los apóstoles en cuanto a la asignación de los primeros diáconos (Hechos 6:1-7; 1 Timoteo 3:8-12) y primeros presbíteros (Hechos 14:23; Tito 1:5-16).

Pero hay unos pequeños pasajes en particular que son interesantes, y que de alguna u otra forma, nos demuestran la praxis que deberíamos tener en nuestras iglesias locales:

Todos los creyentes se dedicaban a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión fraternal, a participar juntos en las comidas (entre ellas la Cena del Señor), y a la oración. Un profundo temor reverente vino sobre todos ellos, y los apóstoles realizaban muchas señales milagrosas y maravillas. Todos los creyentes se reunían en un mismo lugar y compartían todo lo que tenían. Vendían sus propiedades y posesiones y compartían el dinero con aquellos en necesidad. Adoraban juntos en el templo cada día, se reunían en casas para la Cena del Señor y compartían sus comidas con gran gozo y generosidad, todo el tiempo alabando a Dios y disfrutando de la buena voluntad de toda la gente. Y cada día el Señor agregaba a esa comunidad cristiana los que iban siendo salvos.[1]

¿Cómo son nuestros cultos hoy día?... ¡Recuperemos la sencillez!

La descripción que vemos en Hechos 2:42-47 es digna de imitar, nuestro deseo debiese ser que nuestra iglesia local este acorde con el patrón bíblico de la fraternidad, sinceridad, sencillez y humildad que caracterizó a estos primeros cristianos. Reflexionemos en esto: lamentablemente nuestra realidad es otra, cada vez se hacen más fuertes las corrientes modernistas y humanistas dentro de las iglesias locales, al punto, de que los creyentes en Jesús son similares a clientes de mall buscando “iglesias a la carta”. Buscando una congregación dónde yo me sienta más "a gusto" ¡Ese no era el sentir de los creyentes en Hechos 2:42-47!. Ciertamente hay que usar todos los medios disponibles a nuestro alcance para llevar el Evangelio a todo lugar, pero estas deben ser sometidas al Señorío de Cristo para proclamar a todas las naciones la verdad del Evangelio, pero no debemos permitir que estas herramientas maten la sencillez que nos queda. ¡Debemos recuperar el patrón bíblico!

La predicación era el centro del culto, junto al compartir la Cena del Señor unos con otros. En las iglesias locales a lo largo de todo el Nuevo Testamento no había comodidad, ni alfombra, ni una gran infraestructura. Las bodas y bautismos se realizaban sin tanta pompa. Todo era sencillo y natural. El culto distaba mucho de ser como el nuestro, pues en los cultos se proporcionaba una intimidad y ayuda mutua orgánica, predominando la confesión y reconciliación en medio de comunión del pan y el vino.

¿Qué ocurre con la alabanza congregacional?

Cada vez más la industria musical en el área cristiana muestra un crecimiento exponencial y, esto, nos lleva a un peligro que se refleja en nuestros servicios culticos donde todos los ojos se enfocan en el “Ministro o Líder de Alabanza”, al cual se le otorga un control sobre lo que los asistentes hacen y sienten. Caemos en una manipulación.

Hemos creado dilemas que no enfrentaban los creyentes en la iglesia primitiva. Somos ambiguos en la definición y diferenciación sobre adoración y alabanza, nos falta una claridad en la expresión de nuestras emociones y espontaneidad, y nos domina una mentalidad espectáculo-espectador. Necesitamos con urgencia una perspectiva bíblica e histórica de la Iglesia.

La voz del profeta Amor resuena en este momento:

Detesto y aborrezco sus fiestas religiosas; no me agradan sus cultos solemnes. Aunque me traigan holocaustos y ofrendas de cereal, no los aceptaré, ni prestaré atención a los sacrificios de comunión de novillos cebados. Aleja de mí el bullicio de tus canciones; no quiero oír la música de tus cítaras. ¡Pero que fluya el derecho como las aguas, y la justicia como arroyo inagotable![2]

Buscando una alabanza sencilla en las Escrituras

Cuando miramos el Nuevo Testamento vemos que la actividad musical de Jesús y de sus discípulos era el canto de salmos (Mateo 26:30; Marcos 14:26)[3]. El apóstol Pablo exhortó a las comunidades cristianas que cantasen “salmos e himnos y canciones espirituales” (Efesios 5:19; Colonenses 3:16) para que sus corazones alabaran al Señor. De igual forma Pablo escribió en una oportunidad a los cristianos de Corinto, que era su costumbre “cantar con entendimiento”[4] para que la gente pudiera entender lo que decía. Incluso vemos a Pablo y Silas alabando a Dios en momentos de dificultad[5]. Por otro lado nos encontramos en las cartas paulinas sublimes legados como los denominados himnos cristológicos, encontrado en Filipenses 2:1-11 y Colosenses 1:15-20.

Esto nos lleva a reflexionar en composiciones musicales más íntimas, basadas en nuestras experiencias y conocimiento de Dios. Un ejemplo claro para nosotros, es María cuando recibió el anuncio de ser la elegida para ser la madre del Mesías, exclamando extasiada: “¡Mi alma alaba la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador![6]. Como eco a tanta alegría, al tomar en sus brazos al pequeño Juan, con los labios desligados Zacarías, el anciano sacerdote, exclama: ¡Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha venido a rescatar a su pueblo![7]. Luego el coro de ángeles canta: “¡Gloria a Dios en las alturas! ¡Paz en la tierra entre los hombres que gozan de su favor![8]. Y como una bendición sobre el jubiloso canto con que se celebró el advenimiento, resuenan las palabras del patriarca Simeón: “Ahora, Señor, tu promesa está cumplida: puedes dejar que tu siervo muera en paz. Porque ya he visto la salvación que has comenzado a realizar a la vista de todos los pueblos, y que será la gloria de tu pueblo Israel[9]. Estos cuatro himnos conocidos por sus nombres latinos, como el “Magnificat”, “el Benedictus”, “Gloria in Excelsis” y “Nunc Dimittis”, desde entonces han sido casi universalmente usados por la Iglesia.

La iglesia primitiva no tenía escenarios, edificios, butacas y sin embargo, tanto en el culto privado como en el público se cantaba mucho. En detalle, no sabemos si habían instrumentos musicales, pero algo es claro para nosotros hoy: a la iglesia primitiva le preocupaba lo que cantaba y eran temerosamente sencillos en su alabanza. Dispersos a través del Nuevo Testamento encontramos frases que serían fragmentos de himnos en el futuro. Recordemos que los primeros cristianos tuvieron que afrontar persecuciones, tortura, cárcel y martirio: pero no perdieron el gozo. Lo mismo sucede con los himnos y salmos en la Biblia en todo se refleja una alabanza y triunfo gozoso basados en Jesucristo.

Nuestra praxis en la alabanza debe tener sencillez

Debemos reflexionar sobre la diferencia de nuestro culto con aquel culto primitivo visto en la Biblia. Cantemos salmos como los que cantó Jesús, cantemos himnos que reflejen la gracia de Jesús como lo hicieron María, Simeón y los ángeles. Compongamos cánticos como los que escribió el apóstol Pablo, los cuales hacían brillar y destacar la obra redentora de Jesús.

No sabemos con exactitud si la iglesia primitiva usaba instrumentos, solo sabemos que cantaban con alegría aun en el sufrimiento. Meditemos en esto, promovamos que la voz de la congregación destaque como la hacía en la iglesia primitiva. Recordemos que Dios no escucha como nosotros oímos la voz de alguien afinado o desafinado, por lo tanto, que en nuestros cultos destaque la voz de la congregación. Si para eso debemos bajar el volumen o la cantidad de instrumentos, pues que sea así. Si no queremos generar distracciones, pues bajemos las luces.

Hallemos un deleite en escuchar la voz de la congregación, el mismo deleite que tenían nuestros hermanos y hermanas en la fe en el libro de Hechos 2:42-47. Tengamos placer en una congregación sencilla para tener alabanzas sencillas que glorifican a Dios.



[1] Hechos 2:42-47 (NTV: Nueva Traducción Viviente)
[2] Amós 5:21-25 (NVI. Nueva Versión Internacional). Algunas versiones reemplazan la palabra “Derecho” con “Rectitud” o “Misericordia”.
[3] Estos pasajes se encuentran en el contexto de celebración de Pascua Los judíos observaban la comida de Pascua con cuatro copas de vino, que representaban las cuatro promesas de bendiciones de Dios para Israel cuando fueron liberados de Egipto: “os sacaré”, “os libraré”, “os redimiré” y “os tomaré” (Éxodo 6:6-7), y que se debían beber en cuatro diferentes ocasiones durante la cena pascual. Junto con ello cantaban el “hallel”, que son los Salmos 113 al 118, llamados así porque comenzaban con la palabra “hallel” (“Aleluya”). Los judíos también lo llamaban el “hallel egipcio”, por tratarse de un recordatorio de la liberación de manos del faraón de Egipto. Según la tradición judía, después de beber la segunda copa de vino, se cantaba la primera parte del hallel, los Salmos 113 y 114. Seguramente Jesús y sus discípulos cantaron esta primera parte. Después de beber la cuarta copa se cantaba la segunda parte del hallel, los Salmos 115 al 118 para así terminar la comida de Pascua. Sin embargo, Jesús terminó la cena con la tercera copa (“de la redención”) y no con la cuarta, cuando les dice a sus discípulos que aquella sería la última copa de vino que bebería hasta cuando la beba nuevamente en el reino de los Cielos (Mateo 26:29; Marcos 14:25). Así que después de esta copa de vino, Jesús y los discípulos cantaron la segunda parte del hallel y luego salieron al Monte de los Olivos (Mateo 26:30; Marcos 14:26). Uno de los himnos que Jesús entonó dice: “Y la fidelidad de Jehová es para siempre” (Salmos 117:2) y otro que dice: “Alabad a Jehová, porque Él es bueno” (Salmos 118:29).
[4] 1 Corintios 14:15
[5] Hechos 16:25
[6] Lucas 1:46-55
[7] Lucas 1:67-79
[8] Lucas 2:13-14
[9] Lucas 2:29-32

Begoña Sánchez JiménezESCRITO POR AARON CASTRO (twitter @aaroncastro___)
Esposo y profesor de música. Sirve en el equipo de alabanza de Iglesia UNO. Cantautor de alabanza congregacional. Fundador y Director de Cantemos El Evangelio.

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