Viviendo postrados en adoración

Imagen desiringgod.org

Estar en una posición de humillación, arrepentimiento o sumisión no es algo muy popular. Vivimos en un mundo donde ser exitoso y no deber cuentas a alguien, es el deseo de muchos. Pero al ver la vida cristiana, nos damos cuenta que la humillación, el arrepentimiento y la sumisión son cosas que forman parte de la cotidianidad del creyente.

Todo cristiano tiene conocimiento – en mayor o menor grado – sobre este hecho, pero aun así, la lucha es constante. Nos cuesta asumir una vida donde debemos reconocer nuestros pecados y depender de la justicia de Dios dada en Cristo. Quiero que reflexionemos sobre esa dependencia consiente de humillación, arrepentimiento y sumisión, en una sola palabra, o mejor dicho posición: postrarse.

Del interior al exterior: viviendo en contemplación

Estar postrados en adoración a Dios es algo que comienza en nuestro interior y termina en el exterior. La pregunta es ¿Cómo ocurre esto?, pues poniendo la vista de nuestra mente y corazón en Jesús. Puede sonar abstracto lo que digo, pero en verdad es algo muy concreto. El apóstol Pedro tenía la vista de su mente y corazón en Jesús cuando dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.[1] Cuando Pedro hizo tal afirmación, él estaba postrado en su interior.

Pero Pedro no fue el único que estuvo postrado, a lo largo de toda la Biblia vemos diversos ejemplos:

-       Abraham ante el pacto y al oír que Dios le hablaba, cayó rostro en tierra en (Génesis 17:1-3)
-       Moisés y Aaron para buscar de Dios se postraron rostro en tierra. Entonces la gloria del Señor se manifestó ante ellos (en Números 20:6)
-       David y los ancianos en señal de arrepentimiento se postraron sobre su rostro (en 1 Crónicas 21:16-17)
-       Ezequiel ante la visión de la gloria de Dios, él mismo escribe: Ante esa visión, caí rostro en tierra (en Ezequiel 1:1-28)
-       Pedro, Juan y Jacobo ante la transfiguración de Jesús y oír la voz de Dios, se postraron sobre su rostro (en Mateo 17:1-8)

Al contemplar la gloria de Dios, contemplamos a Jesús. La Palabra de Dios declara que Cristo es la imagen visible del Dios invisible. Él ya existía antes de que las cosas fueran creadas y es supremo sobre toda la creación[2]. Cuando somos conscientes en nuestro corazón y mente (interior) de a quien estamos contemplando, nos postramos en adoración (exterior) ante nuestro Señor. Esta es la única respuesta que existe ante el poder y gloria de nuestro Dios. Me encanta como lo describe el músico Matt Redman: «Ningún poder que se levante delante de nuestro Dios Todopoderoso puede estar de pie en Su presencia. Y aquellos que se atreven a levantarse contra Él, se levantan solo para una gran caída. Es una caída boca abajo»[3]

Una reacción apropiada

Ciertamente al ver tal gloria y poder de Dios puede producir alegría o temor. Eso es lo que les ocurrió a Pedro, Juan y Jacobo. Veamos el texto de Mateo 17:1-8[4]

Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, el hermano de Jacobo, y los llevó aparte, a una montaña alta. Allí se transfiguró en presencia de ellos; su rostro resplandeció como el sol, y su ropa se volvió blanca como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías conversando con Jesús. Pedro le dijo a Jesús:

―Señor, ¡qué bueno sería que nos quedemos aquí! Si quieres, levantaré tres albergues: uno para ti, otro para Moisés y otro para Elías.

Mientras estaba aún hablando, apareció una nube luminosa que los envolvió, de la cual salió una voz que dijo: «Este es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él. ¡Escúchenlo!»

Al oír esto, los discípulos se postraron sobre su rostro, aterrorizados. Pero Jesús se acercó a ellos y los tocó.

―Levántense —les dijo—. No tengan miedo.

Cuando alzaron la vista, no vieron a nadie más que a Jesús.

La visión que tuvieron los apóstoles fue una oportunidad única. Lo primero que vemos es una reacción de un gozo explosivo por parte de Pedro, él quería quedarse allí junto con ellos, y aunque nunca conoció personalmente a Moisés, ni a Elías, pudo conocerlos no por conocimiento humano, sino por revelación de Dios, y queriendo disfrutar más tiempo de este asombroso encuentro dispone quedarse en aquel lugar. Pero de repente la voz de Dios se escucha, haciendo una declaración sobre quien es Jesús y los apóstoles caen en el miedo. Ver esta maravillosa manifestación de Dios solo pudo causar en ellos el postrarse, y presenciar con gran reverencia la gloria de Cristo.

A veces somos como Pedro, agradecidos pero impetuosos. Queremos alabar, queremos cantar, queremos gritar, queremos danzar, queremos saltar. Queremos desbordar en emociones. Pensamos que esa reacción es la apropiada, pero al parecer no lo es. En una oportunidad Charles Spurgeon escribió: «el alboroto del gozo debe estar acompañado de la más humilde reverencia»[5]. Quiero que entendamos esto, no está mal reaccionar con una alegría reflejada en el canto, las palmas, el saltar, entre otras. Pero debemos ser cuidadosos y tomar el consejo del salmista: Sirvan al Señor con reverencia y ríndanle culto con temor reverente[6].

Conclusión: Nosotros nos postramos, Jesús nos recibe

Al ver la reacción de terror de los apóstoles en Mateo 17, vemos que Jesús aun en su suprema gloria invita a los apóstoles con las siguientes palabras: Levántense. No tengan miedo. ¡Qué maravilla! ¡Jesús se acerca y les dice que se levanten y que no tengan miedo! ¡Él quiere presentarnos a Dios!

Jesús es el único camino para llegar a Dios y la única forma de seguirle es estando postrados ante su presencia. Confesemos a diario nuestros pecados, pidamos su dirección y reconozcamos que dependemos de Él. Tengamos vidas postradas en adoración a Dios.



[1] Mateo 16:16 [NVI]                                                                        
[2] Colosenses 1:15 [NTV]
[3] Matt Redman, “Postrados en Adoración” (Editorial Peniel, 2006), p. 23.
[4] Versión NVI
[5] Spurgeon, The Treasury of David, Vol. 2 (Thomas Nelson, 2002), p. 166.
[6] Salmos 2:11 [RVC]

Begoña Sánchez JiménezESCRITO POR AARON CASTRO (twitter @aaroncastro___)
Esposo y profesor de música. Miembro de la IPCH y parte del Equipo de Música en Iglesia UNO (duodécima iglesia presbiteriana de Santiago, Chile). Compositor y músico dedicado a la alabanza congregacional. Fundador y Director de Cantemos El Evangelio.

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